El petroglifo viajero de La Planta: ¿cómo llegó una piedra de Villa de Cura a Barinas?
Hay hallazgos que no ocurren en el monte, ni al pie de una quebrada, ni en la sombra de un farallón. Ocurren, de pronto, en la memoria. Y a veces basta una imagen reenviada en un grupo de WhatsApp para que una piedra extraviada vuelva, al menos por un instante, a su verdadero paisaje.
Eso ocurrió en diciembre de 2025, cuando Raúl Dávila, del Centro Cultural Higuaraya Capanaparo de Maracay, compartió en el grupo “Arte rupestre e historia aborigen venezolana” la digitalización de una página del libro Toponimia Indígena de Aragua (1990), de Oldman Botello. En aquella página aparecía la fotografía de un petroglifo procedente del sector La Planta, ubicado en la margen derecha de la carretera Villa de Cura–San Juan de los Morros, en jurisdicción del actual municipio Zamora del estado Aragua. Y entonces ocurrió el sobresalto: esa piedra no era desconocida para mí.
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| Calco digitalizado del llevado por José Ignacio Vielma al Museo Parque Arqueológico Piedra Pintada. Inicios de la década de 2000. |
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| Ubicación del petroglifo en la Casa de la Cultura de Barinas. Foto: José Ignacio Vielma, 2026. |
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| Ubicación del petroglifo en la Casa de la Cultura de Barinas. Foto: José Ignacio Vielma, 2026. |
Pero, no estaríamos hablando de un bloque errante sin procedencia. En 2021 ubicamos este petroglifo en el sector La Planta, en la vertiente sur de la serranía del Interior, publicando una foto de posible autoría de Hellmuth Straka. Es decir: el petroglifo no sólo tendría una adscripción geográfica concreta, sino que formaría parte de una subregión clave y todavía insuficientemente estudiada del arte rupestre de la región Tacarigüense.
Y allí el misterio se vuelve más hondo, porque La Planta no se ubica en cualquier lugar. Se encuentra en la subregión de la cuenca alta del río Guárico, precisamente en un espacio neurálgico para pensar los antiguos procesos de movilidad e interacción entre la región originaria Tacarigüense y el Medio Orinoco. El abra de Villa de Cura se vislumbra como un paso bajo y estrecho de la serranía del Interior, de unos 20 km de longitud, atravesado por los ríos Tucutunemo y Guárico, que enlaza naturalmente la cuenca del lago de Valencia con los Llanos Centrales de Guárico. A ello se suma que el eje fluvial Tucutunemo–Guárico–Apure aparece formulado como uno de los ramales terrestres-fluviales del Corredor Negro–Orinoco–Lago de Valencia (CTF-NOV), pieza clave en la propuesta de organización territorial que venimos postulando en el estudio del arte rupestre de las tierras bajas del norte de Suramérica.
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| Foto y tratamiento digital: José Ignacio Vielma, 2026. |
Con esto se quiere recalcar que el petroglifo de La Planta fue removido de un umbral fisiográfico y de un espacio históricamente estratégico de la región Tacarigüense. La cuenca alta del río Guárico no es una periferia menor de este contexto. Es una bisagra territorial. Un espacio de tránsito, de enlace y de proyección hacia el sur y más allá. Un ámbito donde el arte rupestre ayuda a señalar que la región Tacarigüense no se agotaba en la depresión lacustre del lago de Valencia ni en sus ramales transmontanos hacia la costa, sino que se prolongaba también por rutas que conectaban con los llanos y, más allá, con el Medio y Alto Orinoco. En ese contexto, la presencia de petroglifos en Villa de Cura, Tucutunemo, El Cortijo, La Vega y La Planta no debería ser vista como una rareza dispersa, sino como parte de una red de lugares que aún exige registro sistemático y estudio comparativo.
Entonces la pregunta se impone: ¿cómo fue a parar ese petroglifo en Barinas?
¿Quién lo trasladó? ¿En qué fecha? ¿Bajo qué autorización? ¿Fue una extracción “protectora”, un rescate mal documentado, una donación, un traslado informal, una apropiación silenciosa? ¿Existe expediente, acta, permiso, fotografía de remoción, informe institucional? ¿Supieron de ello las autoridades culturales de Aragua? ¿Lo supieron los cronistas locales? ¿Lo supo la comunidad de origen? ¿O simplemente una piedra de alto valor patrimonial fue arrancada de su contexto y reubicada lejos de la ruta, del relieve y del sistema de relaciones que le otorgaban sentido?
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| Obra plástica de José Ignacio Vielma. Imagen cortesía del autor. |
El punto esencial en todo esto es que, más que un objeto, un petroglifo es emplazamiento, horizonte, cuenca, memoria territorial. Sacarlo de su lugar de origen implica desactivar una parte esencial de su significado. El petroglifo puede conservar sus surcos; incluso puede verse “bien” en un jardín o patio cultural. Pero ya no "habla" igual. Ya no dialoga con el abra, ni con el viejo paso hacia San Juan de los Morros, ni con las rutas que descendían hacia el Guárico y el Apure. Ya no ocupa el borde vivo de ese corredor que unía la región Tacarigüense con el gran mundo orinoquense.
Por eso este caso no debería reducirse a la sorpresa anecdótica de reconocer una piedra fuera de lugar. Debería abrir una discusión más seria sobre la historia reciente del patrimonio arqueológico venezolano. ¿Cuántas piezas fueron movidas? ¿Con qué criterios? ¿Con qué silencios? ¿Con qué pérdidas de información? Y, al mismo tiempo, debería reactivar la urgencia de documentar mejor el arte rupestre de la cuenca alta del río Guárico, una zona cuyo potencial arqueológico y geohistórico sigue estando muy por debajo de la atención que merece.
Confirmándose, sin lugar a dudas, que el petroglifo hoy resguardado en Barinas es efectivamente el petroglifo de La Planta, entonces habrá que dar un paso que no es menor. Habrá que abrir canales de comunicación respetuosos entre la Casa de la Cultura de Barinas, las instituciones patrimoniales competentes, investigadores, cronistas, gestores culturales y actores de la región de origen. No se trataría de un gesto destemplado ni de una disputa estéril entre ciudades. Se trataría de algo más importante: restituir contexto, reparar una separación, pensar la posibilidad de que el petroglifo pueda ser “repatriado” a su lugar de procedencia o, cuando menos, que su historia de desplazamiento sea aclarada pública y responsablemente.
El petroglifo de La Planta, hoy, aparece lejos del abra que la vio nacer. Aparece lejos del corredor que quizá ayudó a significar. Lejos de su propio suelo. La pregunta, entonces, deja de ser arqueológica para volverse moral e histórica: ¿quién decide el destino de una piedra sagrada del territorio?
Y más aún: ¿no ha llegado ya la hora de devolverla a casa?
NOTA FINAL: Queremos expresar nuestro profundo agradecimiento a Raúl Dávila, del Centro Cultural Higuaraya Capanaparo de Maracay, y a José Ignacio Vielma, fotógrafo, pintor, grabador y escultor de Barinas, por la valiosa información aportada para la elaboración de este texto.




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Exelente y acusiosa Exposicion Dr.Leonardo Páez. Quedan, (el ente rector) muchas preguntas por responder, con respecto a la Valoración, Protección de nuestro Patrimonio Ancestral Arqueológico.
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