Resistencia indígena en la laguna de Tacarigua III: el ataque de los "caribes" a la Nueva Valencia del Rey (1577-1583)

Para la década de 1570, las riberas del río Guárico eran todavía un reducto de libertad y un corredor vivo de resistencia indígena, donde la memoria del territorio seguía teniendo brazos, pasos y armas. Desde aquel cauce —antigua vía de comunicación entre Tacarigua, el Orinoco y los mundos más distantes del sur, del este y del oeste— se sostuvo por años una presión constante contra la ocupación europea de la laguna de Tacarigua. Es como si el propio país nativo, herido pero no vencido, buscara rehacerse en sus viejos caminos para expulsar del corazón de la laguna a quienes habían venido a quebrar su orden, sus intercambios y su manera de vivir.

En efecto, la Nueva Valencia del Rey no apareció en una tierra vacía. Fue sembrada, más bien, en el “comedio de los indios y repartimientos”, en un punto escogido precisamente porque quedaba rodeado de pueblos indígenas y cerca de las minas que interesaban a los españoles. La ciudad nació, pues, no sólo como fundación, sino como dispositivo de apropiación del territorio, de la mano de obra y de los caminos. Y cuando la promesa minera comenzó a desvanecerse, aquel proyecto de ocupación no se detuvo: se reorientó hacia otra forma de sostenimiento y dominio, la cría de ganado en los llanos de la culata lacustre, donde los pastizales y el espacio abierto ofrecían a los colonizadores una nueva base material para afianzar su permanencia.

Para los europeos aquello era poblar, pero, para los tacarigüenses y sus parientes y aliados de los territorios vecinos era otra cosa: la irrupción de una fuerza extraña que se instalaba en el centro de sus circuitos de vida. Porque la cuenca de Tacarigua no era un rincón aislado. Los pasos transmontanos cordilleranos habían sido, por milenios, un lugar de tránsito sostenido, una franja de comunicación activa que se pierde en los anales históricos. Y hacia el sureste, el corredor fluvial Tucutunemo-Guárico-Apure conectaba el Lago de Valencia con el gran río Orinoco por el abra de Villa de Cura. Esa vía fue quizá una de las más usadas en las travesías desde el medio Orinoco, y la propia presencia de petroglifos en la cuenca alta del Guárico sugiere la antigüedad de ese itinerario.

Por esos pasos no circulaban sólo cuerpos. Circulaban bienes, materias, noticias, experiencias tecnológicas, formas de intercambio y modos de convivencia. Páez señala, para corredores vecinos y articulados con Tacarigua, que pudieron funcionar como puntos de convergencia multiétnica y multilingüe, de irradiación de ideas y experiencias tecnológicas, dentro de redes comerciales que enlazaban los Andes, las Antillas, las Guayanas, la costa norte venezolana y las cuencas del Amazonas y del Orinoco. Desde esa perspectiva, la entrada y salida por el Guárico debe entenderse no como una senda marginal, sino como parte de una geografía mayor de circulación interregional.

Por eso, cuando el cronista tardío Oviedo y Baños habla de “caribes” que subían del Orinoco para amenazar la Nueva Valencia, cabe leer ese pasaje con cautela. No porque no hubiese combate, sino porque debe señalarse el carácter tendencioso de los documentos coloniales, monológicos y mayoritariamente moldeados a favor de la conquista y de la colonización. Desde una lectura etnohistórica crítica, esos “caribes” no tienen por qué entenderse automáticamente como "extranjeros" absolutos, ajenos al mundo tacarigüense. Pues, en contrapartida, pudieron ser parientes, vecinos rituales, aliados políticos, socios de intercambio o dolientes de una misma constelación indígena desgarrada por la ocupación europea. Es verosímil pensar que la resistencia no proviniera siempre de un “afuera” puro, sino también de la otra orilla de redes indígenas que la ciudad recién fundada vino a cortar.

Sintamos entonces el dolor de Tacarigua: no sólo se perdía la tierra, sino una forma de mover el mundo. Se interrumpían los tránsitos entre costa, lago, llanos y ríos mayores. Se amenazaban circuitos por donde habían fluido alimentos, sal, algodón, mantas, carne de botuto, conchas, saberes de navegación, técnicas, objetos y prestigios. Se ocupaba el punto donde el territorio respiraba. Combatir a los barbudos de la Nueva Valencia, entonces, no era sólo atacar un caserío de techos nuevos. Era intentar reabrir el cuerpo mutilado de una región. Era pelear por la continuidad de una cosmogonía territorial, de una manera de habitar las aguas, las abras, la tierra lacustre, los esteros, los piedemontes y las montañas.

Oviedo y Baños sitúa un primer gran asedio a la Nueva Valencia en 1577, en tiempos de Diego de Mazariego. El cronista señala que los “caribes” habían salido de las orillas del Orinoco, atravesado los llanos y caído sobre los contornos de la recién fundada ciudad. Más tarde, en 1583, bajo Don Luis de Rojas, vuelve a describir otra entrada por el Guárico. Esas reseñas permiten sostener la factibilidad operacional de esta vía entre el Orinoco y Tacarigua hasta el propio arribo europeo. Pero si cambiamos el ángulo del relato, lo que vemos no es una irrupción "bárbara" sobre una ciudad inocente, sino una red indígena tratando de hostigar el enclave que había venido a fracturar su territorio y a someter a sus allegados.

Quizá muchos vecinos de Tacarigua formaban parte de ese contingente de guerra. Quizá algunos venían de más lejos y otros no venían de lejos en absoluto, sino que regresaban por las rutas de siempre para golpear el corazón del nuevo dominio. La práctica era la del asedio móvil, la emboscada, la entrada y salida rápida, la guerra de desgaste. Se trata de lo que hoy llamaríamos, con otro lenguaje, una táctica guerrillera de frontera. No se peleaba por venganza, sino por devolver la inteligibilidad al mundo, por no dejar que el invasor convirtiera en repartimiento lo que había sido parentesco, intercambio y soberanía compartida.

Oviedo y Baños concluye con la victoria de Garci-González de Silva sobre los alzados. En ese sentido, conviene desconfiar de ciertos motivos con que el cronista legitima la matanza. En el episodio de 1577 se describe la aparición de cerca de doscientas cabezas humanas sobre barbacoas, presentadas como restos de cautivos que estos "caribes" habían sacrificado en festines. Y en 1583 habla de una “caza de hombres”, rebajando el acto de resistencia a mera ferocidad antropófaga. Pero justamente porque se trata de una fuente colonial, escrita desde prejuicios que tienden a barbarizar al enemigo, no es posible tomar esos pasajes al pie de la letra sin reservas. Lo prudente es admitir que fueron recursos narrativos eficaces para justificar el castigo, magnificar la empresa de Garci-González y conferir legitimidad moral a la destrucción del adversario. Para ser justos, no puede demostrarse con certeza que fueran una invención; pero tampoco puede descartarse que el cronista haya exagerado, deformado o instrumentalizado hechos de guerra para convertir a los combatientes indígenas en monstruos y a sus verdugos en redentores.

No obstante, ahí está, precisamente, la herida de la memoria: los vencedores no sólo matan, sino que también narran. Garci-González queda en Oviedo y Baños como héroe glorioso, y los otros como “bárbaros”. Aquí interviene el etnohistoriador para darle voz a los vencidos. Así, el episodio cambia de alma: los llamados “caribes” no eran necesariamente bestias descolgadas del Orinoco para devorar inocentes, sino hombres de una frontera indígena extensa que veían caer los pueblos, cerrarse los corredores, quebrarse las alianzas y degradarse el tráfico que unía al Caribe con el Orinoco y más allá. Si atacaban la Nueva Valencia, no era por odio abstracto a la ciudad, sino porque la ciudad era el signo material de una usurpación.

De modo que sí: aquellos nativos tenían derecho a defender sus tierras, sus rutas, sus vínculos y su forma de vida. Tenían derecho a combatir a los invasores europeos que habían entrado a su mundo para repartirlo, explotarlo y rebautizarlo. Y si la crónica los condenó como crueles, acaso fue porque no podía permitirse reconocer la verdad más incómoda de todas: que los verdaderos intrusos eran otros. En esta versión, pues, la Nueva Valencia no es el baluarte sitiado de la civilización. Es el enclave colonial que interrumpió una geografía milenaria. Y los combatientes indígenas no son sombras feroces surgidas del monte, sino defensores de un territorio vivido, de una memoria circulante, de un orden del mundo que los europeos no entendieron y, por no entenderlo, se sintieron con derecho a destruir.

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