RESISTENCIA INDÍGENA EN LA LAGUNA DE TACARIGUA II: EL EMPALAMIENTO DE GUACINA (1552)
En la ocupación europea temprana de la región tacarigüense (Venezuela), el empalamiento del indígena Guacina no fue un episodio aislado ni un exceso fortuito de frontera. Fue, más bien, la condensación brutal de un orden de conquista que necesitaba sembrar terror para afirmarse. Allí, sobre un cerro alto de la comarca de Chiroa (hoy Chirgua), donde el cuerpo debía verse desde lejos, más que castigar a un hombre se escenificaba la derrota ejemplar que los ocupantes europeos deseaban imprimir sobre toda una geografía humana. La estaca levantada contra Guacina fue, en ese sentido, un acto político. Quiso hablar en nombre del rey, del repartimiento, de la “pacificación” y de la ciudad en ciernes. Pero, también, del miedo, del escarmiento y del disciplinamiento de los pueblos de la laguna de Tacarigua y sus contornos.
Para comprender por qué empalaron a Guacina hay que situarlo dentro de una secuencia mayor. Las fuentes reunidas en los juicios de residencia y demás documentos sobre Borburata muestran que la ocupación europea avanzó sobre la comarca tacarigüense mediante una combinación de promesas de paz, fundación de poblados, reparto de indígenas, exigencia de servicios y castigo armado. Juan de Villegas y luego Pedro Álvarez —el llamado Perálvarez— aparecen como figuras decisivas en este proceso. Las instrucciones dadas a Perálvarez para poblar Borburata revelan con claridad el lenguaje de la dominación: debía convocar a los principales Patanemo, don Diego y Naguanagua, procurar que los indígenas “viniesen a dar la obediencia” y hacerles entender que, si aceptaban la nueva fe y el servicio del rey, serían tratados como “hermanos”. Si no, serían maltratados y se les haría guerra como enemigos de Dios. Bajo esa retórica de evangelización y obediencia se ocultaba una estructura de sometimiento que no ofrecía una paz entre iguales, sino una subordinación bajo amenaza.
Ese “pacto” por el cual muchos indígenas tacarigüenses terminaron aceptando la pérdida de su soberanía no fue, por tanto, un acuerdo libre. Fue una negociación forzada en un mundo ya quebrado por las correrías esclavistas anteriores, por los robos, por las capturas de personas y por la memoria del daño. Las propias instrucciones de Villegas reconocían que los indígenas desconfiaban de los españoles por los malos tratamientos y rapiñas cometidos por armadas de La Española y gente de Cubagua. Se sabía, en efecto, que durante años les habían tomado personas, mujeres e hijos, y que muchos habían abandonado sus asientos y buscado refugio en montañas o lugares más resguardados. Es decir, cuando los ocupantes europeos llegaron a “hacer paz”, esa paz se ofrecía sobre un campo ya minado por el trauma. La aceptación indígena de la obediencia fue, en muchos casos, una estrategia de supervivencia frente a una fuerza que combinaba armas, caballos, alianzas interesadas, presión religiosa y control de recursos estratégicos.
La región de Tacarigua no era, además, un espacio vacío ni marginal. El contexto espacial aproximado donde se desarrollaron los acontecimientos del empalamiento de Guacina articulaba la laguna, las vertientes de la sierra de Borburata, los pasos hacia la costa, el puerto de Borburata, los valles interiores y mineros como Chirgua o Chiroa, y áreas vinculadas a Naguanagua, Mariara, Patanemo, Turmero y otros asientos y pueblos principales. Diversos testimonios permiten imaginar una comarca enlazada por rutas de circulación entre el lago y el mar, por salinas costeras, por conucos, por islas lacustres y por valles interiores donde se fundaron o proyectaron repartimientos y explotaciones. Patanemo aparece como señor del paso hacia la costa; Naguanagua y otros principales quedaron asociados a la zona circunlacustre; Chirgua o Chiroa se convirtió en un espacio crucial por sus minas y por el uso de mano de obra indígena. En suma, el drama de Guacina ocurrió en una frontera interior-costera donde lago, sierra, minas, puerto y salinas formaban una misma unidad de dominación.
La conquista de Borburata y de la comarca tacarigüense no se realizó en calma. Los testimonios evocan correrías, hambres, heridas y “guasábaras” con los indígenas en lugares como el río Mariara. Aun cuando la documentación oficial celebraba el avance de la “paz”, otras voces muestran que esa paz fue arrancada entre hostilidades y resistencias. Perálvarez, descrito en una denuncia oficial como hombre “desasosegado y cruel entre indios”, fue acusado de haber causado alzamientos, de haber llevado indios de servicio en cadenas o en prisiones, de impedir a indígenas amigos el acceso libre a las salinas y de recibir oro por permitir sacar sal. Estas acusaciones no son accesorias: ayudan a explicar por qué el equilibrio político de la región se fue rompiendo y por qué la resistencia indígena reapareció una y otra vez.
La resistencia indígena surgió en respuesta a la presión acumulada por el abuso abierto de los europeos contra las familias indígenas. Los documentos tempranos permiten ver un patrón: cuando el abuso excedía ciertos umbrales, los pueblos se retiraban a los montes, huían de sus asientos, ocultaban personas, reclamaban ante otros principales o entraban en abierta rebelión. En algunos casos, el temor a ser llevados a Borburata provocó fugas previas; en otros, el maltrato de un solo español podía alterar toda una comarca. Las fuentes son explícitas al mostrar que los indígenas del lago y sus valles no aceptaban pasivamente el nuevo orden. Resistían mudándose, ocultándose, dejando de servir, protegiendo a sus deudos, denunciando a los agresores o matando a quienes consideraban responsables del agravio. El caso del valle de Aneta es la culminación de ese proceso: los indígenas encomendados a Perálvarez mataron a Pascual de Olivares y a Martín González porque éstos les robaban sus bienes y servicios. No fue, pues, una violencia sin causa, sino una represalia indígena ante un régimen cotidiano de despojo.
Aquí se esclarece la gran pregunta: ¿por qué empalaron al indio Guacina? Lo empalaron porque fue capturado en el contexto de la represión desatada tras la muerte de los españoles en el valle de Aneta; porque al ser apresado se enfrentó a los españoles, hirió a uno y dio muerte a otro; y, sobre todo, porque las autoridades quisieron convertir su muerte en un escarmiento visible. Los documentos lo dicen con crudeza: Guacina fue empalado “para pacificación de la tierra”, “poner temor y ejemplo”, en un cerro alto donde pudiera ser visto. No se trató solamente de castigar un hecho puntual, sino de producir un mensaje territorial. El cuerpo de Guacina fue erigido como amenaza para los pueblos alzados de Chiroa, Naguanagua, Aneta y las comarcas cercanas.
La muerte de Guacina, entonces, ilumina la resistencia. Muestra que en la región tacarigüense los ocupantes europeos sólo podían sostener su dominio combinando repartimiento, extracción y terror. El hecho de que Myne, principal del valle de Aneta, fuese apresado junto con otros; de que varios indígenas permanecieran enfermos en prisión; y de que ni siquiera hubiese protector de indios en Borburata en 1552, habla de una situación en la que la justicia colonial era débil para proteger a los nativos, pero eficaz para castigarlos. La “pacificación” no significó integración equilibrada sino encarcelamiento, castigo corporal y desarraigo. Incluso cuando algunos pueblos permanecieron en apariencia “quietos y pacíficos”, lo hicieron bajo vigilancia, con hombres puestos en su guarda y dentro de repartimientos ya adjudicados.
Las consecuencias de la ocupación europea para los pueblos nativos tacarigüenses fueron profundas y múltiples. En el plano simbólico, el empalamiento de Guacina buscó quebrar la moral de resistencia mediante una pedagogía del horror. Y, aun así, la documentación deja ver que la resistencia persistió: en la huida, en la queja, en la emboscada, en la represalia y en la memoria. Con todo, sería simplista reducir esta historia a un enfrentamiento binario entre un poder absoluto y una derrota instantánea. Lo que ocurrió en Tacarigua fue una lucha larga, hecha de acomodos tácticos, obediencias aparentes, pactos bajo coacción y estallidos de rebeldía. Algunos principales negociaron; otros fueron utilizados para atraer a sus vecinos a la paz; otros quedaron atrapados dentro del propio sistema de encomiendas. Los pueblos nativos no renunciaron a su soberanía porque hubiesen reconocido la legitimidad intrínseca del dominio europeo, sino porque la combinación de violencia previa, escasez de refugios, fractura de alianzas, terror ejemplar y captura de recursos fue estrechando sus márgenes de acción. La soberanía indígena fue cercada, negociada, vulnerada y finalmente subordinada a una nueva arquitectura colonial que hizo del lago, la sierra, el puerto y las minas un solo teatro de ocupación.
En ese teatro, Guacina permanece como una figura límite. Su nombre emerge allí donde el archivo colonial quiso fijar el triunfo del castigo, pero termina revelando lo contrario. Hubo, en efecto, una resistencia digna de ser aplastada con espectáculo y un orden indígena capaz de contestar el robo de bienes y servicios. En ese escenario, la obediencia no era natural sino impuesta, y la fundación de Borburata, lejos de ser sólo un acto administrativo, fue también una guerra prolongada sobre cuerpos, territorios y memorias. Por eso el empalamiento de Guacina debe leerse no como una nota marginal de crueldad, sino como uno de los signos más descarnados del nacimiento violento del régimen colonial en la región tacarigüense. Allí donde los conquistadores quisieron dejar una lección de miedo, quedó también inscrita una lección histórica de resistencia.
Que esta historia no se pierda entre libros desvencijados en bibliotecas olvidadas. Guacina debe sobrevivir como signo de una resistencia que obligó a la colonia a exhibir su crueldad. La violencia extraordinaria aplicada sobre su cuerpo delata la persistencia de una voluntad indígena de no ceder sin lucha. El empalamiento, leído desde abajo, deja de ser sólo el símbolo del triunfo colonial y pasa a ser la prueba de que la dominación nunca fue completa, nunca fue indiscutida, nunca fue pacífica. Si fue necesario clavar a Guacina en un cerro visible, fue porque la comarca seguía viendo, recordando y resistiendo. El poder colonial quiso convertirlo en lección de miedo; la historia permite devolverlo como emblema trágico de dignidad insurgente.



.png)


Comentarios
Publicar un comentario