Estos muchachos no se van por las ramas: irrupción con fuerza y vitalidad en la palestra rupestrológica tacarigüense
Cabrera Perozo, G. S., Meléndez, P., Cordero, M., y Cabrera, S. (Eds.). (2025). Atlas arqueológico: arte rupestre, memoria histórica y cambio climático. Biblioteca 2.0 / Earth Journal Venezuela.

Uno de los mayores méritos del atlas radica en su arquitectura didáctica. La secuencia temática del volumen —arte rupestre y cerámica precolombina, cambio climático, primeros habitantes, yacimientos y parques nacionales, mapas, lenguaje estético antropológico, repositorios, arqueólogos y expediciones— revela una voluntad pedagógica nítida, bien pensada y eficaz. El libro no dispersa, conduce. Lleva al lector desde las nociones básicas sobre el arte rupestre hasta problemas contemporáneos de conservación; desde la memoria amerindia de larga duración hasta la urgencia climática del presente; desde la contemplación estética hasta la responsabilidad patrimonial. Esa capacidad de ordenar materiales diversos en una narrativa inteligible y atractiva constituye, por sí sola, una contribución notable a la formación patrimonial en Venezuela y, más específicamente, en la cuenca del lago de Valencia.
Pero el atlas acierta todavía más cuando territorializa su discurso y evita hablar del patrimonio en abstracto. La obra se planta con firmeza en el espacio tacarigüense y carabobeño, y lo hace nombrando, mostrando y documentando sitios concretos: La Cumaca, Piedra Pintada, Altos del Cabriales o Inagoanagoa y Las Clavellinas, todos vinculados al área de influencia del Parque Nacional San Esteban. Esa localización precisa le otorga espesor regional, densidad histórica y sentido de pertenencia. El arte rupestre deja entonces de ser una noción genérica y pasa a ser un patrimonio situado, inscrito en relieves, senderos, cuencas, laderas y memorias específicas. De allí que el libro no solo informe, sino que reafirme una geografía cultural. En sus mejores páginas, el atlas deja ver que Tacarigua no es un telón de fondo, sino un nodo patrimonial vivo, vulnerable y de enorme potencia simbólica.
Conviene subrayar, además, que esta irrupción juvenil no ocurre en el vacío. La obra tiene la inteligencia y la nobleza de reconocerse heredera de una tradición investigativa previa, y ese gesto la engrandece. Los agradecimientos nombran expresamente a Omar Ydler, a Tacarigua rupestre (sí, este blog!) y a la Sociedad para el Estudio de las Manifestaciones Rupestres de Venezuela. Más adelante, el volumen recupera las trayectorias de Henriqueta Peñalver, Miguel Acosta Saignes, José María Cruxent, Omar Ydler y Leonardo Páez´. En las referencias incorpora títulos decisivos como Petroglifos de Tacarigua (1985), Tacarigua rupestre (2011) y Petroglifos de Vigirima (2010). Leído en conjunto, todo esto permite afirmar que el atlas no pretende fundar una tradición ex nihilo, sino inscribirse con humildad y energía en una larga siembra regional que viene, al menos, desde fines del siglo pasado y que ha tenido en Omar Ydler uno de sus grandes animadores, y en Leonardo Páez una de sus continuidades investigativas más sólidas y fecundas. Esa conciencia de genealogía intelectual le da al libro espesor, legitimidad y arraigo.
Y, sin embargo, lo más estimulante del volumen sigue siendo el carácter de relevo generacional que encarna. Gabriel Cabrera, Sebastián Cabrera, Paula Meléndez y Moisés Cordero provienen de campos distintos —derecho, comunicación social, educación, museología, curaduría, activismo climático y defensa de parques nacionales— y esa diversidad disciplinaria, lejos de debilitar el proyecto, lo fortalece. Todos, además, aparecen vinculados a estudios avanzados en preservación del arte rupestre en la Universidad de Carabobo. He allí una de las claves mayores del libro, demostrando que la formación patrimonial sigue produciendo frutos, que hay juventud pensando el arte rupestre con seriedad, y que la palestra rupestrológica tacarigüense tiene sangre nueva, voz nueva y músculo nuevo. No es poca cosa. En tiempos de discontinuidades institucionales, que un grupo tan joven entre al campo con esta mezcla de entusiasmo, respeto por la tradición y voluntad de divulgación constituye una noticia excelente.
Otro acierto fundamental del atlas es su comprensión del patrimonio como problema del presente. El libro vincula con claridad la conservación de yacimientos arqueológicos con la emergencia climática, la erosión, la meteorización, los incendios forestales, la deforestación y el extractivismo. En otras palabras, se niega a museificar el arte rupestre como resto inerte y lo devuelve a la conflictividad contemporánea. Esa operación es particularmente valiosa porque dota al discurso patrimonial de urgencia cívica. Al mismo tiempo, el volumen resalta el valor estético de los glifos y de la cerámica precolombina, llegando a afirmar que este arte trasciende su condición de documento arqueológico para revelarse como tradición estética. El resultado es una obra que conjuga conservación, memoria, visualidad y pedagogía pública sin sacrificar legibilidad. Allí está otra de sus victorias, y consigue enseñar sin aplanar, y entusiasmar sin banalizar.
Las imágenes de campo, los registros en Piedra Pintada y La Cumaca, los talleres de cerámica en la Casa de los Celis y la documentación de Omar Ydler en sitio refuerzan todavía más esa virtud. El atlas habla del patrimonio, pero también lo recorre, lo observa, lo toca metodológicamente, lo pone en circulación visual. En ese sentido, posee algo que muchas publicaciones académicas pierden: temperatura humana. Hay en sus páginas una alegría del descubrimiento, una emoción del aprendizaje y una voluntad manifiesta de compartir lo aprendido. Y eso se siente. Se siente en la manera como los sitios son fotografiados; se siente en la conexión entre museo, paisaje y memoria; se siente en esa convicción de que estudiar el arte rupestre también es una forma de defender el territorio y de devolverle espesor histórico a la comunidad.
En suma, este libro marca un momento alentador en las labores de formación y divulgación patrimonial vinculadas con la cuenca del lago de Valencia. Lo hace, sí, pero no cierra debates. Antes bien, los abre, pero no por exhibir autoridad envejecida, sino por asumir con valentía el derecho a aprender, a investigar y a intervenir en la conversación pública sobre el patrimonio rupestre regional. En la estela de Henriqueta Peñalver, de José María Cruxent, de Omar Ydler y de las formulaciones recientes de Leonardo Páez sobre el corredor Negro-Orinoco-lago de Valencia, estos muchachos entran a la palestra rupestrológica tacarigüense con fuerza, vitalidad y respeto por la tradición. Y entran bien. Muy pero que muy bien. Porque no se van por las ramas: van a las piedras, a los mapas, a los museos, a las fuentes y al territorio. Y al hacerlo, nos recuerdan que el relevo existe, que la memoria sigue produciendo compromiso, y que la región todavía tiene mucho que decir —y mucho que enseñar— en materia de arte rupestre.






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