Resistencia indígena en la laguna de Tacarigua IV: el cerro El Empalao

Al este de Cagua, allí donde la ciudad comienza a remontar las estribaciones montañosas que separan los valles de Aragua de los pasos hacia San Mateo, Zuata y el interior de la región tacarigüense (centro-norte de Venezuela), se levanta un cerro cuyo nombre parece contener una sentencia: El Empalao. No se denomina así por la forma de su cumbre, por el color de sus suelos, por alguna especie vegetal o por el nombre de un santo. El Empalao —forma popular de El Empalado— nombra una manera de morir. Evoca el cuerpo atravesado por la estaca, elevado sobre la tierra y expuesto para que los vivos entendieran el mensaje que los conquistadores pretendían transmitir.

Vista del Cerro El Empalao, conocido como el "pulmón" de la ciudad de Cagua en el Estado Aragua, Venezuela. La imagen, capturada el 5 de febrero de 2011, muestra la elevación icónica de la región. Fuente: Wikimedia Commons (Autor: José Luis Cáceres, Licencia: Contenido libre)

Tal topónimo no describe solamente un accidente geográfico. Conserva una herida. En las memorias de Cagua, especialmente entre los habitantes del sector Los Meregotos, el cerro se relaciona con el castigo infligido a los indígenas que opusieron resistencia al conquistador y encomendero Garci González de Silva. Según estos relatos, quienes se negaban a aceptar su dominio eran capturados, conducidos hasta las alturas y ejecutados públicamente. Así, la montaña se entiende como un escenario del escarmiento colonial. Se trata de un lugar desde el cual la muerte pudiera verse y su amenaza descender sobre los poblados, conucos y caminos circundantes.

La imagen resulta estremecedora. Pero la historia debe aproximarse a ella con rigor. El deber de recordar no autoriza a presentar la tradición como si fuera un acta notarial. Tampoco la ausencia de un documento específico permite desechar una memoria comunitaria que parece conservar, concentrada en un nombre, la experiencia general de una época. Entre ambos extremos —la credulidad literal y el escepticismo que niega todo cuanto no quedó escrito por los vencedores— se abre el espacio de la investigación etnohistórica.

Los meregotos y una región todavía insumisa

Las fuentes coloniales mencionan a los meregotos entre los pueblos indígenas de lengua caribana que habitaban la culata oriental de la laguna de Tacarigua (actual lago de Valencia). Sin embargo, esta denominación no debe entenderse necesariamente como el nombre de una parcialidad étnica homogénea, cerrada y perfectamente delimitada. Los etnónimos recogidos por cronistas, encomenderos y funcionarios españoles podían designar poblaciones locales, alianzas circunstanciales, territorios, parcialidades o conjuntos humanos definidos desde la mirada colonial. Biord Castillo (2016) ha advertido que nombres como caracas, teques, meregotos, arbacos o quiriquires no parecen haber tenido una aplicación general para todos los habitantes del centro-norte venezolano. Se trataba de sociedades descentralizadas, relacionadas mediante redes de parentesco, intercambio, cooperación y guerra, cuyas configuraciones políticas podían variar según las circunstancias.

En el caso de los meregotos, Oviedo y Baños (2004 [1723]) sitúa sus lugares de habitación en las sabanas de Guaracarima y en las orillas del río Aragua. Esta referencia los vincula directamente con los espacios que serían sometidos desde Valencia, Caracas y los pueblos de doctrina de los valles aragüeños. Pero, lejos de ofrecer una obediencia inmediata, estas poblaciones participaron activamente en la defensa de sus territorios. A comienzos de 1562, Luis de Narváez salió de la recién fundada Barquisimeto con alrededor de cien hombres para socorrer a Francisco Fajardo en la ocupación del valle de Caracas. Cuando la columna alcanzó la loma de Terepaima, los meregotos —convocados por los arbacos— ocuparon el paso conocido como Las Mostazas. Narváez intentó realizar el acostumbrado requerimiento de paz, aquella formalidad mediante la cual los conquistadores pretendían responsabilizar a los indígenas de una guerra ya provocada por la invasión. La respuesta no fue verbal. Flechas y macanas cayeron sobre la tropa desprevenida. Narváez murió en el combate y apenas unos pocos sobrevivieron a la derrota (Oviedo y Baños 2004 [1723]).

Guerreros indígenas en defensa de los pasos de la región tacarigüense. Representación alegórica de indígenas meregotos y de otros grupos aliados vigilando desde las montañas las rutas de acceso a los valles de Aragua y a la cuenca de la laguna de Tacarigua. La escena evoca el aprovechamiento estratégico de cerros, desfiladeros y caminos durante la resistencia frente a las expediciones europeas del siglo XVI. La vestimenta, las armas y el paisaje poseen un carácter interpretativo y no deben considerarse una reconstrucción histórica exacta. Ilustración generada mediante inteligencia artificial

La resistencia continuó por algunos años más. Al llegar una nueva expedición española a Guaracarima, arbacos y meregotos llamaron en su ayuda a los quiriquires. Los guerreros ocuparon cerros, pasos y montañas en número suficiente para obligar al gobernador y a sus acompañantes a detener el avance y emprender la retirada. La propia crónica colonial reconoce que la oposición indígena hizo inviable la entrada y que la conquista de aquella provincia había adquirido entre los europeos una reputación temible (Oviedo y Baños 2004 [1723]).

No estamos, por tanto, ante poblaciones pasivas que aguardaron dócilmente la llegada de los encomenderos. Los caminos que conducían desde Valencia hacia Guaracarima, el Tuy y la costa atravesaban territorios vigilados, defendidos y articulados mediante alianzas indígenas. Las montañas eran refugio, observatorio, frontera y campo de combate. En ese contexto debe situarse El Empalao.

La conquista necesitó infundir miedo

Esta serie sobre la resistencia indígena en la laguna de Tacarigua ha mostrado que la ocupación europea no avanzó como una marcha pacífica sobre tierras vacías. En Mariara, hacia 1550, una fuerza indígena atacó la expedición de Vicente Díaz y convirtió en espacio de emboscada el estrecho corredor entre el lago, el río y la montaña. En Chiroa o Chirgua, en 1552, el indígena Guacina fue empalado sobre un cerro elevado para que su cuerpo sirviera de advertencia. Décadas más tarde, desde las riberas del Guárico continuaron organizándose incursiones contra los asentamientos españoles y contra la Nueva Valencia del Rey.

El empalamiento no fue una anomalía ajena a esta historia. Formó parte del repertorio de castigos mediante el cual se pretendía quebrar las resistencias, imponer obediencia y producir terror. La muerte de Guacina lo demuestra con particular claridad. Los documentos de la época indican que su ejecución debía servir para la “pacificación de la tierra” y para “poner temor y ejemplo”. El cuerpo castigado adquiría una función política. No bastaba con matar, sino que era necesario mostrar. La víctima debía permanecer expuesta para transformar el dolor individual en advertencia colectiva. El poder colonial comprendía la importancia del paisaje. Por eso escogía cerros, caminos, plazas y entradas de poblados. Una ejecución escondida eliminaba a una persona; una ejecución visible pretendía disciplinar un territorio entero. El cerro de Cagua pertenece simbólicamente a esa misma geografía del terror.

Garci González de Silva y el empalamiento documentado

La memoria local atribuye los suplicios de El Empalao a Garci González de Silva, uno de los principales capitanes de la conquista del hoy centro-norte venezolano. Su nombre aparece asociado a campañas contra distintos pueblos indígenas, al establecimiento de encomiendas y a la historia colonial temprana de Cagua.

Memoria del castigo y violencia ejemplarizante en El Empalao. Recreación alegórica de la represión ejercida contra las poblaciones indígenas durante la ocupación colonial de la región tacarigüense. La escena representa de manera simbólica el uso público del castigo, la exhibición de los cuerpos y el terror como instrumentos de sometimiento. No reproduce un acontecimiento documentalmente comprobado en la cima del cerro El Empalao, sino la tradición histórica y comunitaria asociada al topónimo, en relación con las prácticas de empalamiento atribuidas a las campañas de conquista. Ilustración generada mediante inteligencia artificial

Aquí surge el dato documental más significativo. José de Oviedo y Baños relata que, durante el gobierno de Diego de Mazariego, los vecinos de Valencia solicitaron ayuda ante las incursiones de grupos que la crónica denomina genéricamente “caribes”. Garci González reunió treinta hombres de caballería y varios indígenas aliados. Partió en persecución de los atacantes, a quienes situaban “a espaldas de la laguna” de Tacarigua, y alcanzó primero las orillas del río Tiznados. Desde allí continuó durante ocho días hasta llegar al Guárico. Según la narración, una parte de los perseguidos logró escapar en canoas hacia el Orinoco, pero veintiséis indígenas fueron capturados. Garci González ordenó inmediatamente que fueran empalados. Después regresó con sus hombres a la ciudad. Como Oviedo y Baños sitúa a continuación la llegada del gobernador Juan de Pimentel a finales de 1577, el episodio debió producirse hacia 1576 o 1577 (Oviedo y Baños 2004 [1723]).

La crónica de Oviedo y Baños fue publicada en 1723, más de un siglo después de los acontecimientos. No constituye el testimonio de un testigo presencial y debe ser leída críticamente. Su relato reproduce los prejuicios de la historiografía colonial, describiendo a los indígenas mediante acusaciones de barbarie, ferocidad y antropofagia, mientras presenta la violencia española como castigo legítimo. Ese lenguaje no es una descripción neutral. Es parte del dispositivo ideológico mediante el cual la conquista justificó sus propias atrocidades.

Pero aun dentro de esa narración favorable a los conquistadores, el dato permanece. Es decir, Garci González ordenó empalar a veintiséis prisioneros indígenas. No se trató de una muerte en combate. Eran personas capturadas, privadas ya de medios de defensa, cuya ejecución no tenía una finalidad militar inmediata. El empalamiento respondió a una lógica punitiva. Fue una represalia y una representación del poder. La crónica no dice que aquellos veintiséis prisioneros fueran ejecutados en el cerro de Cagua. Los sitúa en el ámbito del Guárico, al final de una persecución iniciada detrás de la laguna de Tacarigua. Sin embargo, confirma que el personaje al que la tradición cagüense atribuye los empalamientos utilizó efectivamente ese método contra indígenas relacionados con los conflictos de Valencia y de la cuenca lacustre.

La memoria local no inventó, por tanto, a un empalador imaginario. Conservó el nombre de un capitán colonial que, de acuerdo con la propia historiografía española, practicó el empalamiento colectivo.

Una segunda campaña de exterminio

La violencia no concluyó con aquella expedición de Garci González. Entre finales de 1583 y comienzos de 1584, nuevas acciones indígenas en las cercanías de Valencia llevaron al gobernador Luis de Rojas a encomendar otra campaña a Garci González. Esta vez, la fuerza estuvo compuesta por sesenta infantes, veinte jinetes y cien indígenas arbacos dirigidos por el cacique Querepana. La presencia de auxiliares indígenas recuerda que la conquista no enfrentó siempre a dos bloques compactos. Los europeos aprovecharon conflictos anteriores, rivalidades locales, alianzas defensivas y necesidades circunstanciales. Algunos colectivos pactaron para sobrevivir, otros fueron obligados a servir y otros vieron en la alianza una oportunidad para enfrentar a adversarios regionales. La dominación colonial avanzó también mediante la fragmentación del mundo indígena. La expedición llegó nuevamente al Guárico. Allí, según Oviedo y Baños, el principal jefe indígena fue muerto por la lanza de Garci González. Su cabeza fue alzada como trofeo y mostrada a los combatientes. La acción terminó en una matanza. Quienes no lograron huir fueron muertos o reducidos a esclavitud (Oviedo y Baños 2004 [1723]). 

El procedimiento vuelve a ser revelador: decapitación del dirigente, exhibición de su cabeza, persecución de los sobrevivientes y apropiación de cautivos. La violencia actuaba simultáneamente sobre los cuerpos y sobre la voluntad colectiva. No buscaba únicamente vencer una fuerza armada, sino destruir la capacidad de reorganización y sembrar la certeza de que toda desobediencia recibiría un castigo desmesurado.

Así que empalar, decapitar, colgar, esclavizar y exponer fueron distintas expresiones de una misma pedagogía colonial del miedo.

De la encomienda al pueblo de doctrina

La historia de Cagua se encuentra profundamente vinculada con este proceso. La historiografía local sitúa a Garci González de Silva entre los encomenderos cuyos indígenas fueron congregados, a fines de noviembre de 1620, para formar el pueblo de doctrina de San José de Cagua. La primera congregación habría ocurrido en las cercanías de la quebrada de Cagua, en el sitio asociado con el principal Caguacao o Maraca. Aproximadamente seis años después, el poblado fue trasladado hacia la sabana donde se desarrolló la actual ciudad, a los pies del cerro (Botello, 1978).

La expresión “fundación de Cagua” puede ocultar, si no se problematiza, la violencia que antecedió a aquella reorganización territorial. Los pueblos de doctrina no surgieron sobre una población intacta ni como resultado de una decisión libre. Fueron parte de un proceso de reducción y concentración de indígenas anteriormente dispersos en asentamientos, conucos y redes territoriales propias. La encomienda imponía servicios, tributos y nuevas relaciones de dependencia. La evangelización procuraba reemplazar o subordinar sistemas rituales, autoridades y saberes. La congregación alteraba el patrón de residencia, facilitaba la vigilancia y acercaba la fuerza laboral a las propiedades coloniales. A todo ello se sumaron las epidemias, las huidas, los desplazamientos, la ruptura de los vínculos comunitarios y la pérdida progresiva del acceso autónomo a las tierras.

La Cagua colonial fue edificada sobre esa transformación traumática. El cerro quedó entonces junto al nuevo espacio ordenado por la iglesia, la plaza, la encomienda y la autoridad española. La montaña desde la cual, según la memoria local, se mostraba el castigo de los insumisos pasó a vigilar silenciosamente el pueblo donde sus descendientes serían reunidos, doctrinados y compelidos a servir. La geografía terminó conservando aquello que las actas de fundación no decían.

El topónimo como memoria histórica

La investigación de historia oral realizada en el sector Los Meregotos por el profesor Celso Guillén, divulgada por la historiadora Zandra Pérez Contreras (2010), recogió la relación comunitaria entre el cerro, la resistencia indígena y los castigos atribuidos a Garci González de Silva. El trabajo nació precisamente de la necesidad de reconstruir una historia local fragmentada, conservada en testimonios familiares, documentos hemerográficos y relatos transmitidos entre generaciones.

Sus responsables formularon una advertencia honesta: no habían localizado un registro documental de los empalamientos efectuados en el cerro (Pérez de Contreras, 2010). Esta observación no invalida la memoria, sino que permite situarla correctamente. Un topónimo puede preservar un acontecimiento preciso, pero también puede condensar varios sucesos semejantes, desplazar espacialmente una experiencia o transformar en símbolo local una práctica que afectó a toda una región. La memoria colectiva no funciona como un archivo organizado cronológicamente. Selecciona, asocia, simplifica y fija en imágenes aquello que una sociedad considera esencial recordar. Por ejemplo, es posible que se produjeran ejecuciones en El Empalao y que los documentos correspondientes se hayan perdido, permanezcan desconocidos o nunca fueran redactados. También es posible que la memoria haya trasladado al cerro de Cagua los empalamientos ordenados por Garci González durante sus campañas por Tacarigua, el Tiznados y el Guárico. Una tercera posibilidad es que el nombre reúna distintos castigos ejecutados en diversos momentos contra indígenas vinculados con las encomiendas de la zona. Ninguna de estas hipótesis puede afirmarse definitivamente con las evidencias disponibles.

Pero existe una certeza histórica más amplia. La ocupación colonial de los valles de Aragua se produjo en condiciones de fuerte resistencia indígena, y esa resistencia fue enfrentada mediante campañas militares, ejecuciones ejemplarizantes, exhibición de cadáveres, encomiendas, desplazamientos y reducción en pueblos de doctrina. El topónimo El Empalao resulta plenamente coherente con ese régimen de violencia.

En algunas versiones locales se afirma que la elevación fue conocida anteriormente como El Calvario; que indígenas huidos buscaron refugio entre sus montes; que fueron perseguidos incluso con perros y que, una vez capturados, sufrieron allí el suplicio (Garcés, 2010). Estos elementos pertenecen, por ahora, al estrato legendario de la narración. No deben incorporarse como hechos demostrados, pero poseen valor para estudiar cómo la comunidad ha imaginado, transmitido y actualizado el trauma colonial. La leyenda no sustituye al documento. El documento tampoco agota la memoria.

¿El Empalao o cerro Meregoto?

En tiempos recientes ha surgido en Cagua la propuesta de reemplazar el nombre El Empalao por cerro Meregoto, como acto de homenaje a los pobladores indígenas y de rechazo al instrumento mediante el cual habrían sido castigados (Orta Hernández, 2026). La propuesta plantea una discusión legítima. ¿Debe conservarse un nombre que rememora una atrocidad o debe sustituirse por otro que reivindique a sus víctimas?

Cambiarlo por cerro Meregoto permitiría colocar en primer plano a quienes defendieron el territorio y no al suplicio que se les impuso. Sin embargo, eliminar por completo el antiguo nombre también podría borrar una de las pocas huellas públicas que denuncia la violencia colonial. El problema no radica solamente en cómo se llama la montaña, sino en cómo se explica ese nombre.

Una alternativa sería asumir una denominación memorial que articule ambas dimensiones: cerro Meregoto–El Empalao, acompañada por señalización histórica, investigaciones comunitarias, rutas interpretativas y espacios pedagógicos. De ese modo, el término heredado dejaría de operar como repetición inconsciente del terror y se transformaría en acusación histórica. Ya no nombraría el triunfo del verdugo, sino el lugar donde la comunidad decidió recordar a quienes fueron castigados por defender su autonomía. La patrimonialización del cerro no debería reducirse a declararlo pulmón vegetal, mirador o ruta para caminantes. Su valor reside también en ser un paisaje de memoria. La conservación ambiental y la investigación histórica forman aquí una sola responsabilidad: proteger la montaña significa resguardar tanto sus árboles y cursos de agua como los relatos que vinculan su relieve con la experiencia indígena de Cagua.

La montaña guardó la acusación

Mariara mostró que los caminos podían cerrarse ante el invasor. Guacina mostró que el poder colonial respondió convirtiendo un cuerpo en advertencia. Los ataques contra la Nueva Valencia del Rey demostraron que, décadas después de las primeras entradas, las redes indígenas continuaban atravesando la laguna, los llanos y el Guárico para enfrentar a los asentamientos europeos. El Empalao añade otra dimensión: la resistencia y su represión quedaron inscritas en la propia toponimia.

El cerro como testigo de la memoria. Recreación alegórica de la transmisión intergeneracional de las memorias indígenas vinculadas con el cerro El Empalao y con la formación colonial de Cagua. En primer plano, un anciano relata a los jóvenes la historia del territorio; al fondo, el cerro domina el paisaje sobre el naciente pueblo de doctrina, sus caminos y tierras de labor. La composición representa simbólicamente la continuidad de la memoria frente a la violencia, el desplazamiento y la reorganización colonial del espacio tacarigüense. No constituye una reconstrucción topográfica, arquitectónica ni etnográfica exacta. Ilustración generada mediante inteligencia artificial, bajo la dirección conceptual del autor

No sabemos todavía los nombres de quienes pudieron morir en ese cerro. Tampoco poseemos una fecha indiscutible ni un expediente que describa el acontecimiento local. Pero conocemos el contexto que hizo posible aquel recuerdo. Sabemos que los meregotos combatieron junto con los arbacos y otros aliados; que detuvieron expediciones; que obligaron a retirarse a gobernadores; que Garci González de Silva fue una figura central en las campañas de sometimiento; y que la misma crónica colonial le atribuye el empalamiento colectivo de veintiséis indígenas vinculados con los conflictos de Tacarigua y el Guárico.

La incertidumbre documental sobre la cima de Cagua no convierte el topónimo en una ficción carente de historia. Lo convierte en una pregunta pendiente. El nombre parece decir que el dominio español necesitó elevar cuerpos sobre estacas porque la tierra no se entregó mansamente. Necesitó aterrorizar porque encontró oposición. Necesitó fabricar escarmientos porque la obediencia no estaba asegurada. Cada castigo extraordinario constituye, desde esta perspectiva, una prueba indirecta de la persistencia de aquello que pretendía destruir.

La región tacarigüense no fue ocupada mediante una sucesión tranquila de fundaciones. Fue disputada en ríos, desfiladeros, montañas, sabanas, islas y caminos. Hubo combate abierto, repliegue, alianza, huida, negociación forzada, rearticulación y memoria. El cerro El Empalao permanece como testigo de ese proceso. Desde sus alturas, la historia colonial quiso imponer silencio y temor. Sin embargo, el nombre sobrevivió a los encomenderos y terminó diciendo algo diferente de lo que ellos pretendían. Donde el conquistador quiso dejar un escarmiento, la montaña conservó una acusación.

Referencias

Biord Castillo, Horacio. 2016. «Inserción colonial temprana y transfiguración étnica: los aborígenes de la región centro-norte de Venezuela (1560-1625)». Tiempo y Espacio 26 (66).

Botello, Oldman. 1978. La villa del caracol. Bosquejo biográfico de San José de Cagua. Maracay: Ejecutivo del Estado Aragua.

Garcés, Doris de. 2010. «Cerro El Empalado». La Noticia en un solo latir..., 24 de abril. Disponible en: https://lanoticiaenunsololatir.blogspot.com/2010/04/cerro-el-empalado.html

Orta Hernández, Eduardo. 2026. «Cerro El Empalao o cerro Meregoto. Lo identitario en Cagua». Aporrea. https://www.aporrea.org/regionales/a350245.html 

Oviedo y Baños, José de. 2004 [1723]. Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela. Caracas, segunda edición: Biblioteca Ayacucho.

Páez, Leonardo. 2021. Etnohistoria del arte rupestre tacarigüense: producción, uso y función de los petroglifos de la región del lago de Valencia, Venezuela (2450 a. C.-2008 d. C.). Mérida: Ediciones Dàbanatá, Universidad de Los Andes.

Páez, Leonardo. 2025. «Resistencia indígena en la laguna de Tacarigua: la guasábara de Mariara (1550)». Tacarigua Rupestre.

Páez, Leonardo. 2026a. «Resistencia indígena en la laguna de Tacarigua II: el empalamiento de Guacina (1552)». Tacarigua Rupestre.

Páez, Leonardo. 2026b. «Resistencia indígena en la laguna de Tacarigua III: el ataque de los “caribes” a la Nueva Valencia del Rey, Venezuela (1577-1583)». Tacarigua Rupestre.

Pérez Contreras, Zandra. 2010. "Historia oral. Sector Los Meregotos, Cagua". Historias de Maracay (blog). 15 de julio de 2010. https://historiasdemaracay.blogspot.com/search?q=empalao.

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