El Morro de Guacara: centinela pétreo, isla antigua y archivo vivo del lago de Valencia

Hay lugares que, aun antes de ser comprendidos, se imponen. Poseen la capacidad de ordenar el paisaje, de hacer que la mirada regrese a ellos como si fuesen un punto cardinal. El Morro de Guacara pertenece a esa estirpe. Promontorio rocoso y, en otro tiempo, isla, se levanta junto a la ribera noroccidental del lago de Valencia —la antigua laguna de Tacarigua— como un testigo de larga duración. Su sola silueta funciona como “faro” terrestre, un accidente que, por contraste con la llanura y por su presencia en el horizonte, ayuda a leer el territorio, a orientarse y, sobre todo, a recordar. 
Morro de Guacara. Foto de José Oliver. Fuente: Lleras Pérez, Roberto (2014). Ecuador, Colombia and Venezuela. En: Renfrew, C., & Bahn, P. (Eds.). (2014). The Cambridge world prehistory. Cambridge University Press. pp. 1160-1174.

El Morro no se entiende aislado. Su biografía geomorfológica y cultural está amarrada a la depresión del lago de Valencia, una cuenca endorreica cuyos equilibrios hidrológicos dependen de entradas y salidas internas, y cuyos cambios de nivel transforman bordes, penínsulas e islas. La cuenca ocupa alrededor de 3.150 km² y el lago —según recuentos técnicos— ronda los 350 km², con profundidades medias cercanas a 18 m y máximas en torno a 30 m.

En efecto, estudios sobre la depresión muestran oscilaciones del lago a lo largo del Holoceno, alternando fases de expansión y desecación. Incluso se plantea que el lago drenó en tiempos pasados hacia redes conectadas al Orinoco y que la condición endorreica se consolidó históricamente cuando su cota descendió por debajo de ciertos umbrales. En el siglo XX, intervenciones hidráulicas y trasvases desde cuencas vecinas han contribuido a una expansión acelerada del espejo de agua, con impactos sobre áreas agrícolas y urbanas. Se ha estimado un crecimiento sostenido del lago desde mediados/finales del siglo XX y una dinámica estrechamente vinculada al aporte externo de caudales y al retraso en el manejo de aguas servidas.

En este escenario de agua variable, el Morro adquiere su condición ambivalente: roca estable en un borde inestable. En la etnohistoria y arqueología regional se describe como un promontorio cercano a la desembocadura del río Guacara, en la franja noroccidental del lago, que en tiempos pretéritos habría funcionado como una isla. Y a pocos kilómetros, la isla/península de La Culebra —Corotopona en su voz originaria— completa el par de referentes insulares que, por su propia condición, condensan movilidad, intercambio y fronteras culturales.

Foto del autor. 2012

Foto del autor. 2012

El río Guacara-Vigirima y el corredor de montaña

La peña marca y también enlaza. El Morro se ubica junto al eje natural formado por el río Guacara, llamado Vigirima en su curso superior, que atraviesa espacios donde se concentran sitios con arte rupestre y donde la investigación reconoce antiguos trayectos trasmontanos que conectan el ámbito lacustre con la costa carabobeña. En otras palabras, el Morro es umbral: está en la interfaz entre agua y tierra firme; entre llanura y montaña; entre interior lacustre y litoral.

Esa idea de “corredor” plantea que, desde épocas muy tempranas, pobladores originarios habrían utilizado el espacio cordillerano como ámbito de tránsito, articulando costa y cuenca interior, dejando huellas materiales y, posiblemente, marcadores visuales —esto es, manifestaciones del arte rupestre— asociados a caminos. En ese horizonte, el Morro de Guacara y La Culebra se mencionan como puntos donde se habría evidenciado esa temprana relación entre desplazamiento y producción simbólica. 

En ese sentido, el Morro es un faro paisajístico. En efecto, es visible a gran distancia, estimandose su percepción en unos 13 km, destacando así su capacidad de dominar el horizonte. Esa visibilidad es un potencial social, es decir, un hito visible sirve para concertar encuentros, marcar territorios, ordenar peregrinaciones, legitimar memorias. Así, y desde una lectura de paisaje cultural, el Morro puede entenderse como un lugar donde naturaleza y significación se entrelazan. Puede entenderse como un “paisaje conceptualizado” en el que grandes rocas y rasgos topográficos transmiten sentidos religiosos, artísticos y sociales. Dicho de otro modo, la peña importa en su posición, en su relación con agua, ruta, horizonte y comunidad.
Morro de Guacara visto desde la fila Macomaco. Foto del autor, 2004

La importancia del Morro se verifica al vislumbrarse como un archivo estratificado. Las investigaciones arqueológicas reseñadas para el sitio indican excavaciones con trincheras y el registro de refugios/cavidades utilizados como talleres, con materiales diversos: restos malacológicos, líticos, óseos y cerámicos, además de evidencias funerarias. Una de las señales más potentes de esa profundidad temporal es un enterramiento asociado a un collar de conchas marinas, con datación de radiocarbono de alrededor de 4.400 años antes del presente (aprox. 2.450 a.C.). Este hallazgo se ha propuesto como vinculable a poblaciones de tradición arcaica —en el marco regional del Caribe Sur, asociadas a la serie ortoiroide—, aunque con cautelas sobre la posición original del depósito y su “finalidad” exacta. En la literatura bioarqueológica sobre la cuenca, además, se reseña que en excavaciones del Morro se identificaron dos capas estratigráficas, con enterramientos directos y urnas en el estrato superior, y enterramientos directos en el inferior. Asimismo, se reporta el hallazgo de restos de megaterio próximos a un enterramiento, con dataciones que diferencian claramente ambos eventos (megaterio ca. 10.200 años ±; enterramiento ca. 4.400 años ±), descartando coexistencia. De modo que el Morro habla por acumulación, por superposiciones, reocupaciones, relecturas del mismo lugar a través de siglos.

Petroglifos, micro-petroglifos, bateas, ringlera pétrea y la gramática de la roca

En el Morro se registran, además, manifestaciones rupestres diversas: petroglifos (rocas fijas afloradas con imágenes grabadas), bateítas (pequeñas cavidades talladas), puntos acoplados, morteros y ringleras pétreas, entre otros. (Páez 2021, 497). Para comprender su alcance, más que enumerarlas, se debe pensar qué hacen estas formas en un lugar como éste y aplicar marcos teórico-metodológicos que permitan emitir inferencias plausibles sobre su posible función social. Pero, de modo preliminar, se puede asumir que los petroglifos inscriben signos que fijan memoria en el cuerpo de la montaña; Las bateítas y morteros remiten a prácticas repetidas (procesamiento, molienda, preparación), es decir, a ritmos cotidianos o rituales que dejan huella por insistencia; los puntos acoplados y la ringlera pétrea sugieren ordenamientos, es decir, series, conexiones y secuencias. En fin, el valor del Morro pudiera fijarse en que, al reunir estas manifestaciones, condensa una “ecología de prácticas” donde lo utilitario y lo simbólico no se excluyen sino que se encadenan.

Manifestaciones rupestres del Morro de Guacara. Fotos del autor, 2012

Por su parte, si hay un rasgo que singulariza al Morro en el repertorio regional es el registro de lo que se ha denominado “micropetroglifos” (Sujo Volsky, 1987). Se trata de lajas esquistosas con incisiones abstractas, de pequeño formato y transportables. Este punto es crucial porque tensiona la propia definición clásica de “arte rupestre”, entendida como producción sobre soportes inmuebles. Y es que la discusión aquí no es sólo terminológica, sino metodológica. Si el soporte viaja, entonces el signo circula. Puede pasar de mano en mano, de sitio en sitio, de contexto doméstico a ritual, o de un grupo a otro. En el Morro, estos artefactos fueron descritos como exclusivos dentro de la muestra considerada, reforzando la idea de un lugar con funciones especiales dentro de redes de interacción más amplias. Así que el Morro “muestra” signos en sus paredes y demás soportes rocosos, pero también la posibilidad de ser punto de distribución de particulares signos mediante objetos móviles. Es una diferencia sustantiva, porque el Morro se sitúa no únicamente como santuario o marcador, sino como un nodo.

Ringlera pétrea del Morro de Guacara. Foto del autor, 2008

Reocupaciones y larga duración: de los primeros habitantes a la cuenca densamente poblada

La historia del Morro, quizá, inicia en el Holoceno medio, pero no termina ahí. En el esquema regional se indica que los grupos barrancoides —asociados a procesos de colonización tardía de la cuenca por poblaciones proto-arawakas— habrían tenido presencia en hábitats pantanosos e insulares del lago, incluyendo explícitamente el Morro de Guacara y la llamada isla La Culebra. Y, en una escala posterior, para alrededor del 1.000 d.C., se menciona el predominio de grupos valencioides —vinculados a procesos de miscegenación e hibridación entre pobladores nativos barrancoides y grupos arauquinoides y valloides del Orinoco con múltiples asentamientos en torno al lago, entre los cuales se enumera el Morro de Guacara.

El Morro, por tanto, no es “un sitio” de una “cultura” única. Es un lugar persistente, reutilizado por sociedades diferentes que quizá compartieron una misma intuición territorial: este punto importa.

Hay que referir una capa más: las islas habitadas en las fuentes coloniales y el "asiento de Patanemo. Y es que la épica del Morro se vuelve más nítida cuando se superpone la etnohistoria. En fuentes tempranas del siglo XVI se menciona que la laguna de Tacarigua tenía isletas pobladas, lo que confirma que la dimensión insular del lago fue parte de la geografía social de los grupos vernáculos del lago. En efecto, véase que en testimonios de méritos y servicios vinculados a Juan de Villegas se registra “el asiento que se dice de Patanemo cerca de la laguna de Tacarigua”, y se plantea la hipótesis de que ese asentamiento pudo situarse en tierras de la actual Guacara, como matriz para procesos coloniales posteriores. Esto no “demuestra” una continuidad directa entre un topónimo y un sitio arqueológico específico, pero sí sitúa a Guacara —y, por extensión, al entorno del Morro— dentro de un paisaje colonial temprano donde la ribera lacustre seguía siendo estratégica.

Riesgos actuales y responsabilidad patrimonial: cuando el fuego, el agua y el descuido compiten con la memoria

La condición de archivo estratificado del Morro de Guacara no garantiza permanencia. Sus manifestaciones rupestres, por ejemplo, se han deteriorado por factores antrópicos, destacando incendios forestales, además de otras presiones asociadas al uso del territorio. A ello se suma el contexto macroambiental, expresado en la expansión del lago, la transformación de humedales y el crecimiento urbano en la depresión que han sido documentados con teledetección y SIG, mostrando consumos acelerados de suelo y avance del espejo de agua en décadas recientes. 

Así pues, la conservación del Morro requiere al menos —a nuestro parecer— cinco líneas de acción, coherentes con buenas prácticas de gestión de sitios con arte rupestre: 1. Monitoreo sistemático (registro fotográfico periódico, control de afectaciones por fuego y erosión). 2. Manejo preventivo del riesgo de incendios (cortafuegos, coordinación con actores locales). 3. Señalización interpretativa que eduque sin incentivar el expolio (explicar, no “exhibir” vulnerabilidades). 4. Vinculación comunitaria (el patrimonio no se defiende sólo con normativa, sino con apropiación social informada). 5. Investigación continuada y acceso controlado a datos sensibles (para evitar que la difusión se convierta en ruta de saqueo).

Palabras finales: el Morro como lección

El Morro de Guacara enseña, en una sola pieza de paisaje, tres verdades que suelen olvidarse. La primera, es que el territorio no es un fondo, sino un actor. La cuenca endorreica, sus fluctuaciones, sus islas y sus rutas hacen y rehacen la historia humana. La segunda, que la peña fue soporte de prácticas, de signos y de memoria, tanto inmóvil (petroglifos) como móvil (lajas grabadas). La tercera, que no es únicamente un sitio arqueológico, sino un centinela que recuerda —a quien sepa mirar— que la historia se escribe en papel pero también se graba, se talla, se pule y se conserva, obstinadamente, en la roca.

Lago de Valencia visto desde la cumbre del Morro de Guacara; al fondo la isla Chambergo. Foto del autor, 2011

Fuentes consultadas

  • Antczak, María Magdalena y Antczak, Andrzej. 2006. Los ídolos de las islas prometidas. Arqueología prehispánica del archipiélago Los Roques. Caracas: Editorial Equinoccio. 
  • Boomert, Arie. 2016. The Indigenous Peoples of Trinidad and Tobago: From the First Settlers until Today. Leiden: Sidestone Press. 
  • Del Valle, Carmen y Salazar, Claudia (compiladoras). 2009. La prehistoria de la cuenca del lago, Carabobo y Aragua (Venezuela). Fundación Lisandro Alvarado.
  • Grupo Orinoco. (2020, 5 de octubre). El Lago de Valencia: Una crisis de consecuencias imprevisibles. https://orinocodotblog.wordpress.com/wp-content/uploads/2020/10/crisis-lago-de-valencia-05-10-20.pdf
  • Lleras Pérez, Roberto. 2014. Ecuador, Colombia and Venezuela. En: Renfrew, C., & Bahn, P. (Eds.). The Cambridge world prehistory. Cambridge University Press. pp. 1160-1174.
  • Páez, Leonardo. 2021. Etnohistoria del Arte Rupestre Tacariguense. Mérida: Ediciones Dabànatá. https://www.academia.edu/74413997/Etnohistoria_del_Arte_Rupestre_Tacarig%C3%BCense
  • Rodríguez-Rangel, Luis A. 2020. Sepelios Pretéritos: Un Paseo Sobre las Investigaciones Bioarqueológicas dentro de la Esfera de Interacción Valencioide. Revista Estudios Culturales 13 (25): 69–78. https://www.servicio.bc.uc.edu.ve/multidisciplinarias/estudios_culturales/num25/art05.pdf
  • Torres Villegas, Armando. 2010. Tras la huella de los petroglifos. Publicación auspiciada por la alcaldía del municipio Guacara, estado Carabobo.
  • Viloria, Jesús. 2020. Expansión Urbana y del Lago, y Disponibilidad de Tierras para el Desarrollo Sostenible de la Cuenca del Lago de Valencia, Venezuela. Caracas: Academia Nacional de la Ingeniería y el Hábitat. https://acading.org.ve/wp-content/uploads/2023/02/TI_JESUS_VILORIA.pdf

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